Frivolidades por doquier

23.3.15

Por Elizabeth Arocena.

El columpio, una obra maestra de Fragonard, donde se recoge el
espíritu refinado, exótico y sensual propio del rococó.
Palacios suntuosos, ricos encajes y sedas importadas brillando a la luz de cientos de velas, reflejadas en el oro de los marcos que encuadraban retratos de tiempos pasados. La música sonando de sol a sol, en un baile sin fin.  Así se sucedían los días y las noches en pleno siglo XVIII entre la alta sociedad francesa. El palacio del Louvre (y tiempo después Versalles) durante la regencia de Felipe de Orleans, eran el ejemplo perfecto para dar comienzo al Rococó, cuando comenzaron los tímidos cambios que anunciaban el final del estilo tardo barroco y su evolución hacia la expresión de un gusto más contemporáneo, independiente y hedonista, contrapuesto al arte oficial, inflexible y ostentoso del reinado de Luis XIV. La transición del Rococó, también conocido como el «estilo Luis XV», a nuevas formas y expresiones artísticas empezó hacia 1720.
El estilo se expresaba sobre todo en la pintura, la decoración, el mobiliario, la moda y en el diseño y producción de objetos. Su presencia en la arquitectura y la escultura es menor, puesto que su ámbito fundamental son los interiores y, en menor grado, las composiciones monumentales.
En el desarrollo y extensión del nuevo estilo dentro de la sociedad francesa, jugó un papel clave la influencia de Jeanne Antoinette Poisson, marquesa de Pompadour y amante del rey. Su interés por el arte que, como aficionada, practicaba asesorada por François Boucher o Quentin de La Tour, se transmitió a las clases acomodadas de París. La década de 1730 fue el periodo de mayor vitalidad y desarrollo del Rococó en Francia, iniciándose en la arquitectura y llegando finalmente al mobiliario, la escultura y la pintura.


Interior de estilo rococó del palacio de Gatchina, cerca de San
Petersburgo, en Rusia.
Si lo Barroco estaba al servicio del poder absolutista, el Rococó se ocupó de la aristocracia y la burguesía. El artista trabajaba con más libertad, expandiéndose el mercado del arte. El Rococó fue un arte al servicio de la comodidad, el lujo y la fiesta.
Madame de Pompadour.
La estética del Rococó, varió del interés por la pintura histórica, que era el género anteriormente más prestigioso y que invocaba un sentido ético, cívico y heroico típicamente masculino, a la pintura de las escenas domésticas y campestres, o de alegorías amenas inspiradas en los mitos clásicos, donde muchos identificaban la prevalencia del universo femenino. En este sentido, tuvo un creciente impacto el papel desempeñado por las mujeres en la sociedad durante esta fase, se asumió una fuerza en la política en toda Europa y originó que se volviesen así generosas patronas de arte y formadoras de gusto, tal es el caso de la amantes reales como la ya mencionada Madame de Pompadour, y Madame du Barry, de las emperatrices Catalina, la Grande y María Teresa de Austria, quienes organizaron varios salones importantes. De esta manera, podemos decir que el período representó el último bastión simbólico de resistencia de una élite distante de los problemas y los intereses comunes del pueblo, la cual se veía cada vez más amenazada por la ascensión de la clase media, que se educaba y comenzaba a dominar la economía, ocupando importantes sectores del mercado del arte y de la cultura en general.
Es así que podemos observar como la pintura comenzó a apreciar escenas bucólicas y románticas, donde lo único realmente importante era la diversión y distensión, alejándose de los problemas mundanos, propios de otras épocas. Acontecimientos campestres, fiesta, lujo, y por sobre todas las cosas, muchas risas y algarabía: una falda apenas levantada debido a la acción del viento, mostrando una suave y delicada zapatilla de satén, dejando a la vista un tobillo era el mejor ejemplo del arte, de lo que valía la pena disfrutar, como podemos apreciar en la obra El Columpio de Jean-Honoré Fragonard de 1766.

El Palacio de Versalles como ejemplo de la mentalidad imperante.

Interior de Versalles.
Una de las características del estilo Rococó será la marcada diferencia entre exteriores e interiores. El interior será un lugar de fantasía y colorido, mientras la fachada se caracterizará por la sencillez y la simplicidad. Se abandonan los órdenes clásicos, y las fachadas de los edificios se distinguirán por ser lisas, teniendo, como mucho, unas molduras para separar plantas o enmarcar puertas y ventanas. El palacio de Versalles con sus ornamentos del color del sol no deja espacio al descanso de la vista, pues sus paredes están ricamente cubiertas de mármol y oro, recreando blasones y heráldica de la realeza que allí habitaba, con murales en sus techos, y enormes alfombras tejidas primorosamente. Los dormitorios del rey y la reina son un capítulo aparte: las paredes se encuentran cubiertas por tapices dentro de marcos de oro, una cama con pesado baldaquino que cumplía la función de impedir miradas indiscretas, separada con una baranda recubierta en el precioso metal del resto de la habitación, pisos de madera y escabeles de mullidos almohadones; hasta los muebles y la chimenea contenían detalles dorados.
Dormitorio del Rey – Versalles.
María Antonieta de Austria.

Si de derroche hablamos, no podemos evitar mencionar la delicada persona de María Antonieta, original de Alemania, pero coronada Reina de Francia en 1774, junto a su marido Luis XVI.
Joven, bella, inteligente, heredera de Habsburgo y con un árbol genealógico impresionante, su llegada aviva también los celos del pequeño mundo de la nobleza versallesca y de las múltiples y dudosas alianzas.
María Antonieta, cerca de 1767-1768.
Su espíritu se pliega mal a la complejidad y a la astucia de la «vieja corte» y al libertinaje del rey Luis XV y de su amante Madame du Barry. Su marido la evita (el matrimonio no se consuma hasta julio de 1773), trata de amoldarse al protocolo y a la ceremonia francesa pero aborrece tener su corte. Por lo cual se rodea de una pequeña corte de favoritos  suscitando las envidias de otros cortesanos; multiplica su vestuario y las fiestas, organiza partidas de cartas en las que se realizan grandes apuestas.
“Ella no quiere ser gobernada, ni dirigida, ni siquiera guiada por las personas entendidas. Esta es la cuestión hacia la cual todos sus pensamientos parecen, hasta el presente, estar concentrados. Fuera de esto, no reflexiona demasiado, y el uso que ha hecho, hasta el momento, de su independencia es evidente, pues sólo se ha preocupado de la diversión y la frivolidad”, diría el barón Pichler, secretario de María Teresa I (madre de la reina).
A partir de aquí, una gran campaña de desprestigio se monta contra ella desde su acceso al trono. Circulan los panfletos, se la acusa de tener amantes e incluso de mantener relaciones con mujeres; de despilfarrar el dinero público en frivolidades o en sus favoritos; de seguirle el juego a Austria, dirigida por su hermano José II.
Finalmente, María Antonieta toma conciencia de su impopularidad y trata de reducir sus gastos, especialmente los de su mansión, lo que provoca nuevas críticas y un gran escándalo en la Corte cuando sus favoritos se ven privados de sus cargos.
María Antonieta – 1778. Vigée Lebrun.
Tuvo la mala suerte de encontrar solo desdén y odio en el pueblo que gobernaba, lo que llevó (en parte) a la Revolución Francesa y el intento de creación de una Monarquía Institucional, que en un principio fue aceptada por Luis XVI, aunque posteriormente no tuvo éxito, y ambos monarcas fueron enjuiciados y condenados a morir en la guillotina. Serían sucedidos por Luis XVIII (Luis XVII, hijo de ambos, moriría en prisión a la edad de 10 años, por lo que jamás llegó a reinar).

“(…) Pido perdón a todos aquellos que conozco, a usted, hermana mía, en particular, por todas las penas que, sin querer, le haya podido causar, perdono a todos mis enemigos el mal que me han hecho. Aquí, digo adiós a mis tías y a todos mis hermanos y hermanas, a mis amigos, la idea de estar separada para siempre y sus penas son uno de los más grandes dolores que les doy al morir, que ellos sepan, al menos, que justo hasta mi último momento yo pensaré en ellos. Adiós, dulce y tierna hermana, espero que esta carta llegue a sus manos. Piense siempre en mí, la abrazo con todo mi corazón al igual que a mis pobres y amados hijos, ¡Dios Mío! Que doloroso es dejarlos para siempre. ¡Adiós, Adiós! (…)”. 
Fragmento de la carta de María Antonieta a su cuñada Madame Isabel, que nunca la recibiría, y fuera descubierta recién en 1816.

Temática en el arte.
 
Rinaldo embrujado por Armida – 1745. Tiépolo.
Boucher.
Esta pintura debería llamarse Pintura Galante en lugar de Pintura Rococó, pues este término engloba el contexto estético en que se encontraba. Los pintores usaron colores claros y delicados y las formas curvilíneas, decoraron las telas con querubines y mitos de amor. Sus paisajes con fiestas galantes y pastorales a menudo recogían comidas sobre la hierba de personajes aristocráticos y aventuras amorosas y cortesanas. Se recuperaron personajes mitológicos que se entremezclaban en las escenas, dotándolas de sensualidad, alegría y frescura. El retrato también fue popular entre los pintores rococós, en el que los personajes son representados con mucha elegancia, basada en la artificialidad de la vida de palacio y de los ambientes cortesanos, reflejando una imagen amable de la sociedad en transformación.

Thomas Gainsborough (1727–1788).

La señora de Thomas Hibbert, hacia la década de 1780.
Thomas Gainsborough.
De todos los pintores salidos del siglo XVIII, uno de los que más se destacó fue Thomas Gainsborough, de origen inglés, considerado como uno de los grandes maestros del retrato y del paisaje. Se trasladó a Bath en 1759 donde tuvo la protección de la sociedad a la moda, y comenzó a exponer en Londres. En 1769, se convirtió en miembro fundador de la Royal Academy, pero su relación con la organización fue espinosa y hubo ocasiones en que retiró su trabajo de la exposición. En 1774, Gainsborough y su familia se trasladaron a Londres para vivir en Schomberg House, Pall Mall. En 1777, nuevamente expuso sus pinturas en la Royal Academy, incluyendo retratos de celebridades contemporáneas, como el Duque y la Duquesa de Cumberland. Continuaron celebrándose exposiciones suyas durante los siguientes seis años.
En 1780, pintó los retratos del rey Jorge III y el de la reina consorte, Carlota Sofía. Después recibió muchos encargos reales. Esto le proporcionó cierta influencia en la Academia y le permitió imponer la forma en el que deseaba que se expusiera su obra.
En sus últimos años, Gainsborough a menudo pintó paisajes ordinarios, relativamente sencillos. Con Richard Wilson, fue uno de los creadores de la escuela paisajista británica del siglo XVIII; pero al mismo tiempo, junto con Sir Joshua Reynolds, fue el retratista británico predominante de la segunda mitad del siglo XVIII. Fue el pintor favorito de la aristocracia británica y logró una gran fortuna con sus retratos.
Destacó por la rapidez con la que aplicaba su pintura, y trabajó más a partir de sus observaciones de la naturaleza (y la naturaleza humana) que de ninguna aplicación de las reglas académicas. La sensibilidad poética de sus pinturas hicieron que Constable dijera: “Mirándolas, encontramos lágrimas en nuestros ojos y no sabemos qué las provoca”.
Sus obras están imbuidas de melancolía poética, efecto logrado a través de una luz muy tenue, clara reminiscencia de los paisajes flamencos del siglo XVII que tanto le influyeron.

El Sr. y la Sra. Andrews (1748-49), Gainsborough.

Y, finalmente…

Gathering in a Park  - Jean Antoine Watteau.
El período denominado por la Historia del Arte como Rococó sentó sus bases en una sociedad dispuesta a aceptarlo, no solo en Francia (ejemplo preferido de todos), sino también en Inglaterra, Italia, y Alemania. La gente buscaba la diversión, la complacencia, la vida fácil de fiestas y noches eternas en las que se iban a acostar en el horario en el cual deberían normalmente levantarse. Aun así no hay que olvidar que no todo el mundo podía relajarse. Era una existencia que apuntaba más a la alta sociedad, duques, barones, y reyes.
Se dividió en dos campos nítidamente diferenciados: como parte de la producción artística, es un documento visual intimista y despreocupado del modo de vida y de la concepción del mundo de las élites europeas del siglo XVIII, en tanto también como una adaptación de elementos constituyentes del estilo a la decoración monumental de las iglesias y palacios, sirvió como medio de glorificación de la fe y del poder civil.
En un período en el que las antiguas tradiciones comenzaban a disolverse, la pintura rococó representó una oposición a la doctrina académica, que tentaba, al igual que durante el alto Barroco y en especial en Francia, imponer un modelo artístico clasicista como un principio permanente y universalmente válido, cuya autoridad era colocada por encima de cuestionamientos de la misma forma que la teoría política validaba el absolutismo.
Autorretrato, Vigée – Lebrun.
La preocupación de las élites ilustradas más desocupadas con la felicidad y el placer, acompañadas por un declive de influencia de la religión, que diseñaban una atmósfera rococó, podría, en una primera impresión, problematizar la aplicación del estilo para el arte religioso, que atendía antes las necesidades de las clases más bajas y cuya devoción no fuera en nada afectada por las costumbres desarraigadas de las élites. Las aparentes contradicciones de pronto fueron resueltas por los moralistas cristianos en asociación de la felicidad deseada por los sentidos con la felicidad proporcionada por una vida virtuosa, afirmando que el placer humano es una de las dádivas de Dios y sugiriendo que el amor divino también es fuente de una especie de voluptuosidad sensorial.
El fin del Rococó se inicia en torno a 1760, cuando personajes como Voltaire y Jacques-François Blondel extienden la crítica sobre la superficialidad y la degeneración del arte. Blondel, en particular, se lamentó de la «increíble mezcla de conchas, dragones, cañas, palmas y plantas» del arte contemporáneo. En 1780 el Rococó deja de estar de moda en Francia y es reemplazado por el orden y la seriedad del estilo neoclásico impulsado por Jacques - Louis David.

El Rococó se mantuvo popular fuera de las grandes capitales y en Italia hasta la segunda fase del Neoclásico, cuando el llamado estilo Imperio se impone gracias al impulso del gobierno napoleónico.

La Cour Carrée («patio cuadrado») del «Viejo Louvre» mirando
hacia el Oeste (De izquierda a derecha: Aile LescotPavillon
Sully (de l'Horloge)Aile Lemercier).

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