El Amor, la Locura, y el Arte.

17.2.15

La historia de Camille Claudel y Auguste Rodin.

Por Elizabeth Arocena.

"Una frente espléndida sobre unos magníficos ojos de un azul tan extraño que difícilmente se encuentra fuera de las portadas de las novelas".

 El poeta Paul Claudel hablando de su hermana,
 1951.

A lo largo de los siglos se han sucedido amores que bien podrían ser parte de un gran tomo de hojas quebradizas y amarillentas, de aquellos que se guardan polvosos en un anaquel y luego se olvidan hasta que alguien los resucita. No se tiene demasiada información de todos, puesto que sus actores han desaparecido en la laguna de los siglos y nadie ha recogido sus despojos. Desde los dramas de Romeo y Julieta (dos jóvenes enamorados de familias divididas que por una confusión terminan del peor modo) y Ofelia (muerta en la flor de la edad, ahogada en un río) propios de la literatura antigua, han nacido dramas amorosos en la vida real, aumentados y vueltos a aumentar los sucesos que los crearon, para deleite de mentes ávidas de conocimiento. En el mundo del arte hay varios de los cuales sacar tajada, como el caso tan popular de Dalí y Gala, a quien plasmó en numerosas pinturas, el de Picasso y sus muchas conquistas, que se sucedían una detrás de la otra (y a veces, al mismo tiempo), o el de Modigliani y Jeanne Hébuterne (la misma noche en que murió el artista, la joven Jeanne de 19 años y embarazada de 8 meses, se lanzó por el balcón de la casa que compartían, muriendo en el acto).
El caso que hoy nos ocupa es el de Camille Claudel (1864 - 1943) y Auguste Rodin (1840 - 1917), una relación tan pasional y tormentosa que podría ser el tema principal de una novela.  A diferencia de los artistas antes mencionados, que comenzaron sus relaciones sentimentales al conocer a las musas de sus creaciones, esta era una pareja de creadores, puesto que ambos eran escultores que ponían su vida en ello.
Camille Claudel y Rodin hacia mediados de su carrera.
Un choque de personalidades.
Auguste y Camille se encontraron por primera vez en 1883 cuando el escultor, que contaba entonces con 43 años, visitó el taller donde ella, de 19, trabajaba.
A Camille le había costado mucho esfuerzo que sus padres aceptaran su vocación artística en un tiempo en que las cosas no eran fáciles para una mujer. Su madre se oponía duramente a lo que consideraba una desviación radical de las reglas que regían la vida burguesa en la sociedad del momento. Solo encontró consuelo en su hermano Paul, quien se convertiría en un célebre escritor y poeta.
Aquel primer encuentro fue el detonante de lo que vendría después. Auguste, ya maduro pero aún gozador de los placeres mundanos que le deparara la vida, se prendó de la calidez y pasión de la joven, en quien veía una sucesora. Le fascinaron sus yesos, su obra escultórica de la cual se desprendía el mismo amor por los perfiles que él sentía. Enseguida la invitó a su taller, donde fue la única mujer entre sus alumnos. De alumna paso a musa, y de musa a amante de manera natural; juntos trabajaban en el mismo taller como pares, pero de puertas para afuera ella solo era vista como la amante del célebre Rodin, sin apreciar como se merecía su enorme talento. Su rostro, su talle, sus formas, pronto fueron reconocibles en las esculturas del artista, para escándalo de la familia Claudel. Se produce entre ambos un clima de colaboración y enfrentamiento que enriquece la labor mutua. Frecuentan juntos los ambientes artísticos y culturales más importantes del París de la época y pasan largos períodos fuera de la ciudad.

Camille Claudel, trabajando en su taller.
Cartas de amor.

Entre 1890 y 1891, en el punto más álgido de su relación, entre las paredes de un  castillo de l’Islette, y al amparo de dicha fortaleza, ambos amantes, aislados de la vida pública y de sus obligaciones oficiales y mundanas, disfrutaban de los placeres y de las alegrías compartidas, del contacto íntimo y diario. Y si Rodin tenía, a veces, que ausentarse por obligación, Camille Claudel sabía qué argumentos le podían atraer, como lo demuestran las cartas que dan a conocer los momentos más dulces de su relación.
Se les reservaba varias estancias en la planta superior; algunas incluso servían de taller. Camille Claudel ejecutó aquí el busto de La Petite Châtelaine (La Pequeña propietaria del castillo) mientras que Rodin infligió largas horas de pose, en la gran sala del castillo, al cochero de Azay-le-Rideau, en el que había identificado un doble de Balzac.
Carta de Camille a Rodin.

Hacia un trágico final.

En 1888 Camille realiza uno de sus mejores trabajos: Sakountala (creado en mármol blanco), que encierra además un gran significado personal, pues está basada en un drama hindú escrito por Kalidasa, representando al rey Dusyanta de rodillas pidiéndole perdón a su amante, la bella y pura Sakountala, por no haber cumplido su promesa de reconocerla a ella y a su hijo. La pieza forma una unidad sólida y firme, de gran cohesión y sencillez plástica.
A pesar de esto, Camille se sentía humillada, a la sombra de su maestro. Quería demostrarle al mundo que sí, que era una mujer, pero también una gran escultora. En 1894 se inicia un progresivo distanciamiento de la pareja, que se convierte en una ruptura definitiva a finales de 1898. Ella era presa de los celos, artísticos y amorosos. Auguste había mantenido una relación con Rose Beuret, una costurera de fábrica, quien finalmente sería su verdadero amor (con quien tuvo un hijo que no llevaría su apellido), y Camille era consciente de que Rose siempre se interpondría entre ellos; Rodin ni siquiera se planteó dejarla cuando estuvo embarazada de un hijo que nunca llegaría a nacer.
Rodin, hacia 1862.
Una vez rota su relación con el escultor, entró en su vida Claude Debussy, pero también él estaba unido a otra mujer. Mientras tanto, sus obras alcanzan cierto éxito y aparecen con frecuencia artículos sobre ella en las revistas de arte. Finalmente, en diciembre de 1905, Camille realiza su última gran exposición.
Pasó así unos años de febril dedicación a la escultura en los que apenas salía de casa, abandonada de sí misma y sufriendo penurias económicas. Cayó enferma, pero la muerte se volvió escurridiza. Comenzó a sentir miedo, apenas comía y destruyó a martillazos sus propias obras en arranques de cólera que tenían como eje al mismísimo Rodin, a quien tanto amara.

La soledad.

El 3 de marzo de 1913 moría su padre, Louis-Prosper Claudel, la única persona de su familia en la que Camille encontró algo de comprensión aparte de su hermano, que por esta época se encontraba trabajando como diplomático en China.
Una semana después, el 10 de marzo, fue arrastrada fuera de su apartamento e introducida en una ambulancia. Su madre, Louise, había firmado los papeles para su internamiento en el sanatorio de Ville-Evrard ante la opinión médica de que sufría severos trastornos mentales que la hacían peligrosa para sí misma y para los demás. Hoy se sabe que en su primer día de ingreso, el doctor Truelle le diagnosticó "una sistemática manía persecutoria" y "delirios de grandeza" por los que se creía víctima de "los ataques criminales de un famoso escultor", como consta en los documentos recientemente hechos públicos, desmintiendo así la idea, en cierto modo romántica, de que su encierro fue ordenado por su familia para evitar el escándalo.
Rodin continuó con su labor creativa y cedió gran parte de su obra al Estado, donación con la que se creó el Museo Rodin que abriría sus puertas en 1919 y que en la actualidad conserva la mayor colección de las obras de Camille Claudel (15 esculturas).
El 29 de enero de 1917, Rose y Rodin se casaban después de compartir 53 años de sus vidas. Ella murió 16 días después de la boda y él, en noviembre de ese mismo año. Reposan juntos en Meudon (Francia), coronada su tumba por El Pensador.
Rodin – El Pensador.
Camille vivió en la más extrema soledad, ya que su madre solicitó que no se le permitiera recibir visitas ni mantener correspondencia. Así, en total abandono, con la mayor parte de su obra destruida por sus propias manos, olvidada por todos, murió en el sanatorio de Montdevergues (al que había sido trasladada en 1914) el 19 de octubre de 1943. Había pasado 30 años encerrada.

Mi querida Camille.

Fue enterrada en una tumba sin nombre, sólo con los números 1943 -n392, en el pequeño cementerio de la institución mental de Montdevergues. A la muerte de Paul Claudel en 1955, se levantó el veto que existía en la familia acerca de Camille y los descendientes le quisieron dar una tumba digna. Escribieron a Montdevergues solicitando la ubicación exacta de la tumba y la exhumación para su traslado. La institución les contestó que la tumba había desaparecido, ya que la institución había necesitado una serie de ampliaciones y se habían utilizado los terrenos del pequeño cementerio donde se enterraba a los pacientes olvidados por sus familias.
Camille Claudel - Sakountala (1888).
La vida de Camille Claudel había comenzado siendo prometedora, nacida en el seno de una familia acomodada y burguesa, apoyada y querida por su padre y su hermano, con un gran talento para el arte escultórico. Al cruzarse con Auguste Rodin, un escultor de gran renombre, sintió que estaba en su medio, se encontraba segura del futuro por venir. Lamentablemente, la vida tuvo otros planes para ella. Los arrebatos de celos, las habladurías que la perseguían y la poca importancia que se le dio a sus obras, sellaron su triste fin. Al morir el único hombre que la protegía (su padre), el resto de la familia aprovechó el momento para encerrarla y alejarla para siempre del contacto humano y del mundo real. Murió sola y olvidada por todos, y lo único que nosotros podemos hacer para darle la comprensión y conocimiento que se merece es recordarla como fue en vida, en sus años mozos, reivindicando sus obras escultóricas que son verdaderas piezas de una personalidad apasionada, de su temperamento fogoso, fácilmente despótico, de su espíritu mordaz y, posteriormente, de la espantosa violencia de su carácter, provocador, excéntrico y original, como así también,  de su don legendario y feroz para la burla.
Camille en 1929.
"En el fondo, todo eso surge del cerebro diabólico de Rodin. Tenía una sola obsesión: que, una vez muerto, yo progresara como artista y lo superara. Necesitaba creer que, después de muerto, seguiría teniéndome entre sus garras igual que hizo en vida"

Camille Claudel, es un ejemplo de cómo la pasión se tornó en odio y paranoia.

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